—Porque yo también tuve una niña ciega… y esa cajita era para ella.
No supe qué contestar.
El pasillo de la vecindad se quedó tan callado que pude escuchar el agua goteando en el patio de abajo y el televisor de don Chava, que siempre tenía las novelas a todo volumen. Doña Inés no lloró. Eso fue lo que más me dolió. Su tristeza ya no salía por los ojos; parecía habérsele quedado atorada en los huesos.
—Se llamaba Lucerito —dijo, acariciando el pañuelo blanco—. Nació viendo, igual que su Clarita. Y un día, así nomás, la luz se le fue cerrando. Primero confundía las sombras. Después tropezaba con las sillas. Luego empezó a preguntarme por qué la noche duraba tanto.
Sentí que el pecho se me hacía chiquito.
—¿Qué le pasó?
Doña Inés apretó los labios.
—La llevé con doctores, con especialistas, con gente que prometía milagros. Vendí mi máquina de coser, empeñé mis aretes, hasta dejé de comer bien por pagar estudios. Pero no hubo remedio. Lucerito se quedó ciega a los ocho años. Y yo… yo me quedé ciega con ella, pero de otra manera.
Miré hacia la sala. Clarita dormía con la cajita azul contra el pecho, respirando despacito, tranquila. Pensé en todas las noches que yo había fingido ser fuerte mientras me encerraba en el baño a llorar con una toalla en la boca.
—Yo también tuve miedo —confesé.
Doña Inés asintió, como si no necesitara que le explicara nada.
—El miedo de una madre es bien terco, mija. Se disfraza de cuidado, de regla, de puerta cerrada. Uno cree que protege, pero a veces lo que hace es encerrar.
Aquellas palabras me pegaron donde más me dolía.
Porque era cierto.
Yo había prohibido a Clarita bajar sola a la portería. Le tenía prohibido caminar por el pasillo sin avisarme. Le tenía prohibido acercarse a la ventana abierta, tocar la estufa, entrar a la tienda, cruzar el patio, hablar con vecinos que no fueran conocidos. Le había hecho una jaula con mis brazos.
—Lucerito quería aprender música —continuó doña Inés—. Decía que cada nota tenía forma. Que el do mayor era redondito. Que el fa sostenido picaba como limón en la lengua. Yo juntaba cajitas musicales para ella porque no podía comprarle piano. Se las llevaba rotas y juntas las reparábamos.
Sonrió apenas, pero aquella sonrisa parecía una veladora a punto de apagarse.
—Era muy lista. Más necia que la lluvia. A los once años ya sabía armar un mecanismo mejor que yo. Tenía dedos de relojera. Decía que cuando fuera grande iba a poner un taller para niños que no pudieran ver, para enseñarles que el mundo también se podía leer con las manos.
—¿Y la cajita del pañuelo?
Doña Inés bajó la mirada.
—Esa era la última que le compré.
No pregunté más. Pero ella siguió.
—Era un jueves también. La encontré en un puesto del tianguis de Portales. Estaba enterita, con su tapa de nácar y una canción que Lucerito llevaba meses buscando. “Las mañanitas”, pero en versión de cajita. Me acuerdo que la compré y salí casi corriendo, porque quería ver su cara cuando la escuchara.
Su voz se quebró por primera vez.
—Pero ese día Lucerito no llegó a la casa.
Se me helaron las manos.
Doña Inés cerró los ojos.
—Había bajado sola a la portería. Yo se lo tenía prohibido. Igual que usted a Clarita. Pero esa tarde se le ocurrió demostrarme que sí podía. Quería comprarme un pan dulce en la tienda de la esquina, porque era mi cumpleaños.
El pasillo pareció hacerse más largo, más oscuro.
—No le pasó nada malo de lo que la gente inventa —aclaró rápido, como si quisiera proteger incluso ese recuerdo—. No fue culpa de nadie. Solo fue un accidente. Un camión se subió poquito a la banqueta al dar vuelta. Ella se asustó con el claxon, soltó el bastón y corrió hacia donde no debía. Cuando llegué, todavía olía a pan recién hecho en la bolsa que traía.
Me tapé la boca.
Doña Inés alzó la cajita envuelta en el pañuelo.
—Nunca se la di. Nunca escuchó su canción. Y yo… yo me quedé con una música guardada que me estaba pudriendo por dentro.
No pude evitarlo. Me acerqué y la abracé.
Al principio doña Inés se quedó rígida, como si ya no supiera recibir cariño. Luego se fue doblando despacito sobre mi hombro. No lloró fuerte. Solo tembló. Tembló como tiemblan las ventanas cuando pasa el metro por debajo de la ciudad.
Esa noche, por primera vez, la invité a pasar.
Le preparé café de olla y calenté pan. Ella se sentó en la mesa de la cocina con las manos alrededor de la taza, mirando las grietas del mantel como si fueran caminos viejos.
Cuando Clarita despertó, preguntó desde la sala:
—¿La señora Inés sigue aquí?
—Sí, mi amor.
Clarita caminó despacio, contando pasos. Ya no chocaba con las sillas porque ella misma había aprendido a ubicarlas. Llegó hasta la cocina y tanteó el aire con la mano.
Doña Inés se la tomó.
—Aquí estoy, mi niña.
—Soñé con una canción —dijo Clarita—. Pero se escondía.
Doña Inés se quedó inmóvil.
Yo supe, no sé cómo, que aquella frase le había atravesado el alma.
—A lo mejor no se escondía —respondió ella—. A lo mejor estaba esperando.
Clarita inclinó la cabeza hacia el pañuelo blanco.
—¿Esa cajita es especial?
La anciana respiró hondo.
—Mucho.
—¿Me la puedes enseñar?
Doña Inés me miró, pidiendo permiso sin palabras. Asentí.
Desenvolvió el pañuelo con una delicadeza casi religiosa. La cajita era pequeña, de madera clara, con una tapa perlada ya amarillenta por los años. Tenía una florecita pintada en una esquina y una grieta finísima en un costado. No se veía rota, pero algo en ella parecía triste.
Clarita extendió los dedos.
—Está fría —susurró—. Como cuando una estrella se cae al piso.
Doña Inés soltó un airecito tembloroso.
—Era para mi hija.
—¿También era ciega?
—Sí.
Clarita guardó silencio. Luego, con esa seriedad que a veces tienen los niños cuando entienden más que los adultos, preguntó:
—¿Se fue al cielo?
Doña Inés cerró los ojos.
—Sí, mi niña.
Clarita tocó la cajita con las dos manos.
—Entonces hay que darle cuerda suavecito, para que la escuche desde allá.
Doña Inés no pudo hacerlo. Sus dedos se quedaron suspendidos junto a la llave, temblando.
Clarita buscó mi mano.
—Mamá, ayúdala.
Yo giré la cuerda.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La cajita hizo un ruido seco por dentro, como un suspiro atorado. Pensé que no iba a sonar. Pero entonces, débil, quebradita, casi cubierta por el zumbido del refrigerador, empezó la melodía.
Las mañanitas.
No perfectas. No limpias. A ratos se detenía una nota y otra salía tarde, como una persona aprendiendo a caminar después de mucho tiempo acostada. Pero era reconocible. Y era hermosa.
Clarita sonrió.
Doña Inés se llevó las manos al pecho.
Yo no sé qué se rompe primero cuando una tristeza vieja por fin encuentra salida. Tal vez se rompe la culpa. Tal vez se rompe la soledad. Tal vez se rompe esa idea cruel de que amar es cargar para siempre con lo que no pudimos evitar.
Pero esa noche, mientras la cajita sonaba en nuestra cocina, doña Inés lloró.
Lloró en silencio al principio. Después con un llanto chiquito. Luego con todo el cuerpo. Clarita se acercó y le abrazó la cintura.
—No se preocupe —le dijo—. Su Lucerito sí la escuchó.
Doña Inés se cubrió la cara.
—¿Tú crees?
—Sí. Porque las canciones no se pierden. Nomás tardan en encontrar su puerta.
Desde ese día, algo cambió entre nosotras tres.
Doña Inés ya no subía únicamente los jueves. A veces llegaba los lunes con resortes nuevos. A veces los miércoles con pan de nata. A veces los sábados con una bolsa de cajitas que había rescatado del tianguis. Pero ahora entraba a la casa, se sentaba en la mesa y dejaba que Clarita le ayudara a reparar.
Mi hija aprendió rápido. Demasiado rápido.
Aprendió a reconocer engranes con las yemas de los dedos. Aprendió a limpiar piezas diminutas sin perderlas. Aprendió que una cajita no se fuerza, se escucha. Si rechina, necesita aceite. Si se traba, hay que buscar dónde le duele. Si desafina, no significa que ya no sirva.
Una tarde, mientras Clarita acomodaba una bailarina de porcelana dentro de una cajita rosa, me dijo:
—Mamá, las personas también somos como cajitas musicales.
—¿Por qué dices eso?
—Porque a veces nos rompemos y creemos que ya no vamos a sonar bonito. Pero nomás necesitamos que alguien tenga paciencia.
Me hice la ocupada lavando trastes para que no me viera llorar.
A los pocos meses, Clarita empezó a insistir en bajar sola a la portería.
Al principio dije que no.
Luego dije “cuando estés más grande”.
Después dije “un día de estos”.
Pero los niños reconocen las mentiras piadosas mejor que nadie.
—Mamá —me dijo una mañana—, no me estás cuidando. Me estás teniendo miedo.
Me quedé helada.
Estábamos en la sala. El sol entraba por la cortina y dibujaba rectángulos tibios en el piso. Clarita estaba de pie con su bastón blanco, la mochila a la espalda y el cabello peinado en dos trenzas.
—Yo sé que te preocupa que me pase algo —continuó—. Pero también me puede pasar algo si nunca aprendo. Puedo quedarme aquí para siempre sin conocer mi propio edificio. Y eso también duele.
Quise decirle que no entendía. Que era muy chica. Que el mundo era peligroso. Que yo no podía perderla.
Pero ella levantó la cara hacia mí, aunque no pudiera verme.
—Yo no soy de cristal, mamá.
Sentí una vergüenza suave, honda.
Esa tarde, doña Inés subió con una cajita sin tapa y nos encontró calladas. No hizo preguntas. Solo escuchó. Siempre escuchaba primero.
Cuando le conté, pensó un rato y dijo:
—Entonces no la suelte de golpe. Enséñele el camino.
Y eso hicimos.
Durante semanas bajamos juntas las escaleras. Clarita contaba los escalones. Dieciséis hasta el descanso. Vuelta a la derecha. Otros dieciséis. Pared fría del lado izquierdo. Olor a cloro en el tercer piso. Corriente de aire en el segundo. Piso flojo antes de la planta baja. Tres pasos más y la portería.
Doña Inés nos esperaba abajo con una cajita distinta cada vez. Si Clarita llegaba sin tropezar, le daba cuerda. Si se equivocaba, no la regañaba. Solo decía:
—Otra vez, mi niña. Las canciones buenas se ensayan.
Un jueves, Clarita bajó sola por primera vez.
Yo la seguí desde arriba, pegada a la pared, con el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que todos los vecinos lo oirían. Ella no sabía que yo estaba ahí. O tal vez sí. Con Clarita nunca se sabía.
Bajó despacio. Tocó el barandal. Contó escalones en voz baja. Se detuvo en el segundo piso cuando el perro de la señora Petra ladró, pero no retrocedió. Respiró. Siguió.
Cuando llegó a la portería, doña Inés la esperaba junto a las macetas.
—Llegué —dijo Clarita.
—Sí, mi niña —contestó la anciana—. Llegaste tú sola.
Clarita levantó los brazos como si hubiera conquistado una montaña.
Yo me tapé la boca para no hacer ruido.
Esa noche cenamos enfrijoladas y celebramos con agua de jamaica. Clarita estaba feliz. Doña Inés también. Yo, por primera vez en años, sentí que el miedo no se había ido, pero ya no mandaba en la casa.
Todo parecía acomodarse.
Hasta que llegó la carta.
Fue un martes, no un jueves. La encontró Clarita en la portería, porque desde hacía dos semanas yo ya la dejaba bajar sola por las tardes a recoger correspondencia. Subió sosteniendo el sobre entre los dedos, orgullosa.
—Mamá, llegó algo para la señora Inés. Pero lo dejaron en nuestro buzón.
El sobre era viejo, amarillento, con la tinta corrida. No traía remitente. Solo decía, con letra temblorosa:
Para Inés Robles. Entregar a la niña que escucha la luz.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién te lo dio?
—Nadie. Estaba en el buzón.
Doña Inés llegó esa tarde. Al ver el sobre, se puso pálida.
—Esa letra… —murmuró.
—¿La conoce?
No respondió. Abrió la carta con cuidado. Adentro había una hoja doblada y una fotografía pequeña.
La foto mostraba a una niña de trenzas, sentada junto a una mesa llena de cajitas musicales. Tenía los ojos abiertos, pero la mirada perdida. Sonreía con una felicidad inmensa.
—Lucerito —susurré.
Doña Inés estaba blanca como papel.
Clarita tocó el aire.
—¿Qué dice la carta?
La anciana intentó leer, pero no pudo. Sus manos temblaban demasiado. Tomé la hoja.
La carta era breve.
“Inés: perdóname por haber callado tantos años. Lucerito no perdió su última canción. La dejó guardada donde tú nunca buscaste. Si la niña Clarita aprendió a escuchar las cajitas, tal vez ella pueda encontrar lo que nosotros no pudimos. Ve al departamento 12 del edificio de atrás. Antes del domingo. Después será tarde.”
Nadie habló.
El edificio de atrás.
El mismo donde vivía doña Inés.
La viuda bajó la mirada hacia la fotografía, y entonces noté algo que antes no había visto: en la mesa, junto a Lucerito, había una cajita musical igualita a la azul con estrellas doradas que Clarita abrazaba para dormir.
—Doña Inés —dije despacio—, ¿quién vivía en el departamento 12?
Ella tragó saliva.
—Nadie desde hace años.
—¿Y antes?
Doña Inés alzó los ojos, llenos de un miedo antiguo.
—Antes vivía el hombre que me vendió la cajita de Las Mañanitas.
Clarita, que había permanecido callada, dio un paso hacia la mesa. Sus dedos rozaron la fotografía.
—Mamá…
—¿Qué pasa, amor?
Mi hija inclinó la cabeza, como si oyera una voz que nosotras no.
—Esa cajita azul… la mía… no suena igual cuando estoy dormida.
Sentí que la piel se me erizaba.
—¿Cómo que no suena igual?
Clarita apretó los labios.
—De día canta una canción. Pero en la noche, cuando todo está callado, hace otro sonido por dentro. Como si alguien tocara tres veces desde muy lejos.
Doña Inés dejó caer la carta sobre la mesa.
Tres golpes sonaron entonces en la puerta.
Toc.
Toc.
Toc.
No eran golpes fuertes.
Eran suaves, pacientes, casi como una cajita musical tratando de recordar su canción.

