—¿Mi firma? —susurró Andrés.
El director del hospital no entendió la tensión que acababa de incendiar el pasillo.
—Sí, licenciada Ríos. El consejo no puede liberar los fondos sin su autorización como representante del fideicomiso médico.
La palabra fideicomiso cayó sobre la familia como una bandeja de acero.
Renata bajó la mano donde brillaba mi anillo.
Don Arturo parpadeó varias veces.
Doña Mercedes, todavía en la silla de ruedas, me miró como si por fin recordara algo que le habían obligado a olvidar.
Andrés soltó una risa nerviosa.
—Debe haber un error. Camila es enfermera.
—Licenciada en Enfermería Quirúrgica —corregí—. Con cédula profesional, diplomado en administración hospitalaria y certificación en seguridad del paciente.
Él apretó la mandíbula.
Siempre le molestó que yo estudiara más de lo que presumía.
Siempre le irritó que mis turnos de doce horas no me impidieran leer contratos por la madrugada, revisar pólizas, aprender de finanzas hospitalarias y cuidar a su madre cuando él estaba demasiado ocupado cenando en Polanco con inversionistas.
El director se aclaró la garganta.
—Doctora Mercedes Ríos dejó instrucciones muy específicas antes de su cirugía.
Todos voltearon hacia ella.
Doña Mercedes respiró con dificultad, pero levantó la barbilla.
—No fue antes de mi cirugía —dijo—. Fue antes de que mi hijo intentara vender mi clínica sin decírmelo.
El color desapareció del rostro de Andrés.
—Mamá, no empieces. Estás débil.
—Débil no es lo mismo que tonta.
Renata dio un paso atrás.
Yo miré el anillo en su dedo y sentí una calma extraña. Hacía una hora ese aro me habría partido el pecho. Ahora parecía una prueba más en una escena donde todos habían olvidado que los hospitales tienen cámaras, expedientes, registros de acceso y gente cansada de callar.
—Camila —dijo el director—, el consejo está en la sala B.
Andrés se interpuso.
—Ella no va a entrar a ninguna junta. Esto es un asunto familiar.
—No —respondí—. Es un asunto legal.
Saqué de mi bolsa una copia doblada.
No era la carpeta que Don Arturo me había dado para fingir una separación amable. Era otra. Una que llevaba semanas escondida en mi casillero, entre gasas, vendas y un rosario que Doña Mercedes me regaló la primera vez que me llamó hija.
La abrí frente a todos.
—Contrato de administración fiduciaria. Clínica Santa Mercedes, S.A. de C.V. Terreno en Tlalpan, edificio, equipos quirúrgicos, licencias sanitarias y cuentas operativas. La doctora Mercedes Ríos nombró a Camila Ríos como coadministradora temporal en caso de incapacidad médica o intento de disposición patrimonial no autorizado.
Andrés soltó una carcajada.
—No tienes nuestro apellido.
Lo miré.
—Sí lo tengo.
Esa vez el silencio fue distinto.
No de sorpresa.
De terror.
Doña Mercedes cerró los ojos.
Don Arturo se apoyó en la pared.
Andrés me miró como si acabara de verme salir de una tumba.
—¿Qué dijiste?
El director bajó la mirada, incómodo. Él sí lo sabía. El consejo también. Por eso me esperaba.
Yo no quería decirlo en un pasillo de hospital, con olor a yodo, café quemado y flores marchitas de la capilla. Pero Andrés había elegido el público. Había elegido humillarme frente a enfermeras, camilleros, familiares de pacientes y su amante.
Así que le di el final que merecía.
—Me llamo Camila Ríos —dije despacio— porque Doña Mercedes me reconoció legalmente hace cuatro años.
Renata se quitó el anillo como si quemara.
—Eso no puede ser.
—Puede —respondió Doña Mercedes—. Y lo hice.
Andrés se inclinó hacia su madre.
—¿Adoptaste a mi prometida?
—No la adopté como niña. La reconocí como hija por posesión de estado y por escritura pública, porque fue más hija para mí que tú en los últimos diez años.
Él se puso rojo.
—¡Eso es ridículo!
—Ridículo fue que entraras a mi cuarto mientras estaba intubada para presionarme con vender la clínica a la familia Álvarez.
Renata apretó los labios.
—Mi familia solo quería invertir.
Doña Mercedes la miró con desprecio.
—Tu familia quería comprar el terreno.
Ahí apareció la verdadera herida.
No era amor.
No era estatus.
No era la clínica privada soñada de Andrés.
Era el terreno.
La Clínica Santa Mercedes estaba en una zona codiciada del sur de la Ciudad de México, cerca de hospitales grandes, consultorios caros, laboratorios, farmacias que nunca cerraban y avenidas donde una esquina podía valer más que una vida. El edificio había crecido de manera humilde, piso por piso, desde que Doña Mercedes atendía partos en una sala con ventilador viejo y cortinas lavadas a mano.
Para Andrés, eso era viejo.
Para Renata, era oportunidad.
Para mí, era hogar.
—Querían demoler media clínica —dije—. Convertir urgencias en torre de consultorios de lujo y rentar quirófanos por hora. Ya vi el anteproyecto.
Andrés me señaló.
—¿Espiabas mis documentos?
—No. Tú dejaste el contrato en la impresora de dirección, donde cualquier enfermera “cualquiera” podía recogerlo.
Algunas enfermeras del pasillo bajaron la mirada para ocultar la sonrisa.
Renata perdió la paciencia.
—Andrés me dijo que ella no tenía ningún poder.
—Andrés dice muchas cosas cuando quiere dinero —respondí.
Don Arturo intervino por primera vez.
—Camila, no hagamos esto aquí. Tú sabes cuánto te queremos.
Lo miré con una tristeza vieja.
Don Arturo fue quien me llevó café en mis primeros turnos. Quien me llamaba “mija” cuando Andrés no escuchaba. También fue quien me puso una carpeta en las manos hacía cinco minutos para obligarme a firmar una mentira.
—Usted sabía —dije.
No contestó.
—Sabía lo de Renata. Sabía lo del anillo. Sabía que planeaban sacarme del hospital después de la boda cancelada.
—Yo quería evitar un escándalo.
—No. Quería evitar consecuencias.
Doña Mercedes se llevó una mano al pecho. El monitor portátil emitió un pitido rápido. Me acerqué por instinto, revisé su pulso, le pedí al camillero oxígeno y ordené traslado a observación.
Andrés se burló.
—Mírala. Eso eres, Camila. Una enfermera. Sirves para cuidar, no para dirigir.
Yo no me giré.
Seguí ajustando la mascarilla de su madre.
—Y tú eres médico. Se supone que sirves para sanar. Pero mírate.
El director levantó la voz.
—Basta. Licenciada Ríos, cuando estabilicen a la doctora Mercedes, necesitamos su autorización.
—La tendrán.
Andrés intentó seguirme.
Dos guardias se interpusieron.
—No puede pasar a la sala de consejo sin autorización.
—¡Soy el hijo de la dueña!
El director respondió con una frialdad perfecta.
—Hoy no está en el organigrama.
Esa frase le dolió más que cualquier bofetada.
Mientras llevábamos a Doña Mercedes a observación, ella me tomó la mano.
—Perdón.
—No hable.
—Debí decirte antes lo del fideicomiso.
—Me lo dijo cuando debía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No. Debí decirte otra cosa.
Sentí un frío en la espalda.
—¿Qué cosa?
Ella miró hacia la puerta, donde Andrés discutía con Don Arturo.
—No confíes en Arturo.
El mundo se encogió.
No alcancé a preguntar más.
El cardiólogo entró, pidió espacio y comenzó a revisar el electro. Yo tuve que salir porque, aunque mis manos sabían moverse dentro de una crisis, mi corazón ya no distinguía entre paciente y madre.
Sí.
Madre.
Porque en ese momento entendí que Doña Mercedes había hecho por mí lo que nadie hizo cuando llegué a la ciudad con una mochila, una beca de enfermería y el recuerdo de mi mamá muerta en un hospital público donde no hubo cama libre.
Ella me vio.
Me enseñó.
Me exigió.
Me heredó no dinero, sino confianza.
Y ellos intentaron convertir eso en vergüenza.
En la sala B, los consejeros estaban sentados alrededor de una mesa larga. Había abogados, contadores, el jefe de cirugía, la responsable de enfermería, un notario y un representante del banco. Sobre la pantalla aparecía la compra del nuevo equipo quirúrgico: torre de laparoscopia, monitores, bombas de infusión, mesa de anestesia.
Equipo que sí necesitábamos.
Equipo que Andrés había bloqueado durante meses porque quería inflar presupuestos con un proveedor de los Álvarez.
Me senté en la cabecera.
Sentí las miradas.
Algunos me respetaban.
Otros apenas podían tolerar que una enfermera ocupara la silla donde esperaban ver a un hombre con bata blanca y reloj caro.
—Autorizo la compra —dije—, pero no con el proveedor propuesto.
El jefe de cirugía frunció el ceño.
—Es el único que garantiza entrega rápida.
—Falso.
Abrí mi laptop.
En la pantalla aparecieron tres cotizaciones comparadas, registros sanitarios, tiempos de entrega y garantías. También aparecía el sobreprecio del proveedor vinculado a Renata: cuarenta y dos por ciento arriba del mercado.
El contador tosió.
—Eso no estaba en el expediente.
—Ahora sí.
El abogado de la clínica me miró con interés.
—¿De dónde obtuvo esto?
—De compras, almacén y de las notas de enfermería que nadie lee hasta que hay una demanda.
La jefa de enfermería sonrió apenas.
Yo continué.
—La NOM del expediente clínico no está de adorno. Cada hora, cada medicamento, cada indicación, cada cambio debe quedar registrado. Andrés creyó que podía manipular la parte financiera porque nadie cruzaría datos clínicos con compras. Pero cada cirugía cancelada dejó rastro. Cada insumo faltante dejó rastro. Cada paciente reprogramado dejó rastro.
El notario acomodó sus lentes.
—¿Está diciendo que hubo daño operativo deliberado?
—Estoy diciendo que alguien provocó desabasto artificial para justificar la entrada de un inversionista.
La puerta se abrió de golpe.
Andrés entró con Renata y Don Arturo detrás.
—Esta reunión queda cancelada.
Nadie se levantó.
Eso lo destruyó.
—Camila no tiene experiencia para esto.
El abogado de la clínica levantó un documento.
—Tiene poder legal vigente.
—Mi madre estaba vulnerable cuando firmó.
—La firma fue realizada ante notario, con dictamen médico de capacidad y dos testigos.
Andrés miró a Don Arturo.
—Haz algo.
Don Arturo no se movió.
Su silencio me confirmó que sí había algo más.
Entonces Renata cometió su error.
—Mi familia no va a poner un peso si ella sigue aquí.
Yo cerré la laptop.
—Perfecto.
—¿Perdón?
—No necesitamos su dinero.
Andrés soltó una risa.
—La clínica tiene deuda.
—Tenía.
Saqué una segunda carpeta.
—Doña Mercedes liquidó el crédito puente hace dos semanas con el cobro de una póliza de seguro de vida que tenía a su favor.
Don Arturo palideció tanto que hasta Andrés lo notó.
—¿Qué póliza? —preguntó él.
Yo no quité los ojos de Arturo.
—La de mi madre.
La sala quedó suspendida.
Renata murmuró:
—¿Qué tiene que ver su madre con esto?
Todo.
Tenía todo que ver.
Mi madre, Elena Morales, había sido enfermera en esa misma clínica. Murió cuando yo tenía catorce años por una complicación que siempre me dijeron que fue inevitable. Doña Mercedes me encontró años después en prácticas clínicas y, al ver mi apellido, me protegió de una manera que nunca entendí del todo.
Hasta que revisé las pólizas.
Mi madre tenía un seguro de vida colectivo del personal.
Beneficiaria inicial: Camila Morales.
Beneficiaria modificada dos días antes de su muerte: Arturo Ríos.
Don Arturo cerró los ojos.
Andrés dio un paso atrás.
—Papá… ¿qué es eso?
Por primera vez, Don Arturo no pudo fingir nobleza.
—Fue hace muchos años.
La frase más cobarde del mundo.
—Mi madre murió hace doce años —dije—. Yo crecí pensando que ese dinero nunca existió. Pensé que mi beca era caridad de Doña Mercedes. Pero no era caridad. Era reparación.
Doña Mercedes había descubierto la póliza tarde. Había demandado en silencio. Había recuperado una parte. Y con eso había salvado la clínica de la trampa financiera de su propio hijo y su esposo.
El abogado se puso de pie.
—Licenciada, ¿desea que esto conste en acta?
—Sí.
Don Arturo golpeó la mesa.
—¡Esto es una infamia!
Yo abrí otra pestaña.
—Infamia es cambiar beneficiarios cuando una empleada está hospitalizada. Infamia es cobrar un seguro que debía pagar la educación de su hija. Infamia es sentarse en mi boda como padrino de arras, hablar de prosperidad compartida y esconder que me robaron desde niña.
Renata miró a Andrés con asco.
—¿Tú sabías?
Él no respondió.
Pero su cara sí.
Renata se quitó el anillo por completo y lo puso sobre la mesa.
—Me dijiste que ella era una interesada.
—Renata…
—No. Tú eres el interesado.
Aquello habría sido satisfactorio si no doliera tanto.
Porque yo sí había elegido vestido. Sí había probado pastel. Sí había aceptado que su madre guardara las trece arras en una cajita de plata para bendecirlas en la misa. Sí había imaginado una casa pequeña cerca de Coyoacán, con bugambilias en la entrada y turnos compartidos para no dejar solo al amor.
Andrés no imaginaba una casa.
Imaginaba una sociedad.
Yo era útil mientras parecía dócil.
El abogado de la clínica recibió una llamada. Escuchó, asintió y se acercó a mí.
—Fiscalía está en recepción.
Andrés se quedó inmóvil.
—¿Fiscalía?
La puerta volvió a abrirse.
Dos agentes entraron con una mujer de traje gris. La reconocí de inmediato: licenciada Salgado, Ministerio Público especializado en delitos patrimoniales.
—Arturo Ríos —dijo—, necesitamos que nos acompañe por una denuncia relacionada con fraude, falsificación de documentos y cobro indebido de póliza de seguro.
Don Arturo retrocedió.
—Esto es absurdo. Yo soy abogado.
—Entonces entenderá sus derechos.
Andrés se volvió hacia mí.
—¿Tú hiciste esto?
—No —dije—. Tu madre.
Su rostro se quebró.
La licenciada Salgado añadió:
—También tenemos una orden para revisar contratos de compraventa, intentos de cesión del inmueble de la clínica y transferencias vinculadas a Inmobiliaria Álvarez Norte.
Renata levantó la cabeza.
—Mi familia no falsificó nada.
—Eso se determinará.
Andrés empezó a respirar rápido.
Hasta ese día creyó que la medicina era bata, apellido y consultorio privado. Nunca entendió que un hospital es un ecosistema de registros. Que una enfermera sabe quién entra, quién sale, qué medicamento falta, quién cambia una indicación y quién firma sin leer. Nunca entendió que las mujeres que limpian la sangre del piso también escuchan verdades.
La agente Salgado miró a Andrés.
—Doctor Andrés Ríos, usted también deberá rendir declaración.
—No pueden tratarme como delincuente.
La jefa de enfermería, que había permanecido callada, dijo en voz baja:
—A varios pacientes sí los trató como negocio.
Nadie la contradijo.
Horas después, cuando el sol empezó a caer sobre Tlalpan y el tráfico de Viaducto Tlalpan rugía afuera como animal cansado, Doña Mercedes despertó estable.
Entré a verla.
Tenía los labios secos, el cabello blanco despeinado y la misma mirada feroz de siempre.
—¿Firmaste? —preguntó.
—Sí.
—¿Con proveedor limpio?
—Sí.
—¿Arturo?
Me senté junto a ella.
—Se lo llevaron.
Cerró los ojos.
Una lágrima se le escapó hacia la sien.
—Lo amé cuarenta años, Camila. Qué vergüenza amar tanto a un cobarde.
—Usted no tiene la culpa de lo que él hizo.
—Pero sí de lo que callé.
No supe qué responder.
Ella apretó mi mano.
—Tu madre no murió como te dijeron.
Sentí que el cuarto se alejaba.
—No.
—Elena descubrió que Arturo cobraba comisiones de proveedores. Iba a denunciarlo. Esa noche discutieron en el estacionamiento. Él la siguió. Después apareció con una crisis hipertensiva, pero su expediente fue alterado. Yo lo sospeché, pero no pude probarlo.
El monitor sonaba lento.
Yo no.
Yo estaba rota por dentro.
—¿Por eso me reconoció?
—Te reconocí porque Elena me pidió cuidarte si algo le pasaba. Yo fallé muchos años. Luego te encontré en prácticas, con la misma forma de lavarte las manos antes de entrar a quirófano. Como si rezaras.
Me tapé la boca.
No quería llorar.
No quería darle a Andrés, a Arturo, a nadie, el placer imaginario de verme vencida.
Pero lloré.
Doña Mercedes me dejó llorar.
Esa noche no volví a la casa donde Andrés y yo íbamos a vivir.
Fui al departamento que rentaba antes, en Portales, pequeño, con una ventana que daba a una jacaranda flaca y una cocina donde apenas cabían dos personas. Ahí seguía mi título enmarcado, mis libros de anatomía, mi maleta de guardias y una caja con recuerdos de boda.
Invitaciones.
Lista de invitados.
Un recibo del anticipo del salón.
La prueba de menú con mole almendrado, cochinita y arroz con plátano macho porque Andrés quería impresionar a los Álvarez con “algo mexicano pero fino”.
Tomé todo y lo metí en una bolsa negra.
Todo menos una cosa.
La cajita de las arras que Doña Mercedes me había dado.
La abrí.
Trece monedas brillaron bajo la luz amarilla.
Prosperidad compartida.
Qué burla.
Al fondo de la caja había un papel doblado que nunca había visto.
Era letra de Doña Mercedes.
“Camila, si mi hijo te falla, no pienses que tú perdiste una familia. Piensa que la familia te eligió a ti y no a él.”
Me senté en el piso hasta que amaneció.
Al día siguiente, Andrés me esperó afuera del hospital.
Venía sin Renata.
Sin corbata.
Sin orgullo completo.
—Tenemos que hablar.
—No.
—Camila, cometí un error.
—No. Hiciste un plan.
—Yo estaba presionado. Renata, mi papá, la deuda…
—Y aun así tuviste tiempo de quitarme el anillo mientras yo operaba a tu madre.
Bajó la mirada.
—Te amo.
Casi me reí.
La gente confunde perder control con amar.
—No sabes amar, Andrés. Sabes elegir lo que te conviene y llamarlo destino.
Él se acercó.
—Podemos casarnos todavía. Arreglamos lo legal. Tú puedes dirigir la clínica y yo la parte médica. Somos un equipo.
—Éramos una mentira.
Su cara cambió.
—No vas a poder sola.
Ahí estaba el verdadero Andrés.
El del pasillo.
El de la sala de espera.
El que nunca se había ido.
—No voy a estar sola —respondí.
Miré hacia la entrada.
La jefa de enfermería venía con tres supervisoras. El director del hospital estaba detrás. También venía la doctora Salgado, cardióloga, y una fila discreta de trabajadores que habían llegado antes de su turno.
Andrés entendió.
No era una escena romántica.
Era una frontera.
—Se te suspende el acceso administrativo mientras dure la investigación —dijo el director—. Tu práctica médica quedará sujeta a revisión del comité de ética.
—¡Mi madre es dueña!
—Tu madre firmó.
Yo le entregué una copia.
—Y yo también.
Andrés leyó la primera página.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Qué es esto?
—La cancelación formal de la boda, la solicitud de devolución de gastos pagados con mi cuenta personal, la denuncia por sustracción de mi anillo y la notificación de que no podrás acercarte a mí ni a Doña Mercedes sin autorización médica o legal.
—Camila…
—También pedí revisar tu expediente de cirugías privadas y los consentimientos informados. Hay pacientes que merecen saber si los operaste por necesidad clínica o por comisión.
Se puso blanco.
Ahí supe que había más.
Siempre hay más cuando alguien se cree intocable.
Semanas después, la clínica cambió.
No de nombre.
De alma.
Compramos el equipo quirúrgico sin sobreprecio. Abrimos una unidad de atención preventiva para mujeres trabajadoras sin seguro privado. Regularizamos contratos del personal de enfermería. Revisamos expedientes. Cancelamos proveedores corruptos. Y por primera vez en años, las enfermeras dejaron de agachar la cabeza cuando un médico decía “solo son enfermeras”.
Doña Mercedes empezó rehabilitación.
Caminaba lento por el pasillo, apoyada en mí, regañando a todos.
—Endereza la espalda, Camila. Una directora no camina pidiendo perdón.
Yo aprendía.
A firmar cheques.
A leer cláusulas.
A decir no.
A separar mi cuenta personal de la clínica.
A no sentir culpa por cobrar un sueldo digno.
A dormir sin esperar mensajes de un hombre que solo aparecía cuando necesitaba algo.
Arturo fue vinculado a proceso.
Los Álvarez fingieron sorpresa y retiraron su “inversión”.
Renata declaró contra Andrés cuando descubrió que él también había negociado con otra familia hospitalaria a sus espaldas. Lo último que supe de ella fue que devolvió mi anillo mediante su abogado, dentro de una bolsa de evidencia.
No lo vendí.
No lo guardé.
Lo fundí.
Con ese oro mandé hacer una placa pequeña para la nueva sala de descanso de enfermería.
Decía:
“Aquí nadie vuelve a pedir permiso para valer.”
El día de la inauguración, Andrés apareció en la entrada.
Demacrado.
Ojeroso.
Con una carpeta en la mano.
—Mi mamá me pidió venir.
—Mentira.
Se le tensó la cara.
—Necesito trabajar. Me suspendieron en dos hospitales. Renata habló. Mi papá no puede mover contactos. Tú puedes ayudarme.
Lo miré como se mira una cicatriz vieja: sin odio, pero sin nostalgia.
—¿Quieres que te recomiende?
—Soy buen cirujano.
—Eres mal ser humano. En medicina, eso también mata.
Se acercó más.
—¿Vas a destruirme por una boda?
No pude evitar sonreír.
—No, Andrés. Te destruiste por creer que una enfermera no sabía leer.
Entré sin despedirme.
Creí que ese era el golpe final.
Pero llegó tres días después.
Doña Mercedes me llamó a su habitación privada. Estaba sentada junto a la ventana, con un rebozo gris sobre los hombros y una carpeta roja en las piernas.
—Ya puedo decirte todo —susurró.
—Ya dijo suficiente.
—No.
Me entregó un acta de nacimiento original.
La leí.
Mi nombre.
Camila Elena Morales.
Padre: Arturo Ríos.
Madre: Elena Morales.
El papel se dobló entre mis dedos.
—No.
Doña Mercedes lloraba.
—Tu madre no fue solo empleada. Arturo tuvo una relación con ella. Cuando quedó embarazada, le prometió reconocerla. Luego naciste tú. Después se casó conmigo por la clínica. Yo lo supe tarde.
No podía respirar.
Andrés.
Mi prometido.
Mi verdugo.
Mi casi esposo.
—¿Andrés sabe?
—No.
Sentí náusea.
Doña Mercedes tomó mi mano con desesperación.
—Por eso impedí la boda en cuanto encontré el acta. Por eso te puse en el fideicomiso. Por eso cambié todo. No sabía cómo decírtelo sin romperte.
Miré el pasillo donde Andrés me había humillado.
El anillo.
La boda.
Las arras.
La amante.
La frase: “una enfermera cualquiera”.
Y entendí la última ironía cruel de mi vida.
Él no me dejó por inferior.
Me dejó antes de descubrir que yo tenía más derecho que él a llevar ese apellido.
Porque Andrés era hijo de Mercedes.
Yo también era hija de Arturo.
Pero a diferencia de él, yo no necesitaba ese apellido para valer.
Esa tarde mandé hacer una modificación legal.
No tomé Ríos.
No tomé Alcázar de nadie.
No tomé ningún nombre robado.
Firmé todos los documentos como Camila Elena Morales.
La hija de una enfermera que murió diciendo la verdad.
La mujer que salvó a Mercedes.
La directora que Andrés despreciaba.
Y cuando él recibió la copia del acta en su audiencia, dicen que gritó hasta quedarse sin voz.
No porque me hubiera perdido.
Sino porque entendió que el imperio que quiso comprar con mi humillación ya era mío por sangre, por ley y por mérito.
Esa noche, al cerrar mi oficina, vi mi reflejo en el vidrio.
Uniforme azul.
Ojeras.
Zapatos cómodos.
La misma mujer de la sala de espera.
Pero ya no esperaba a nadie.
Detrás de mí, la Clínica Santa Mercedes seguía respirando.
Y por primera vez, yo también.

