—¿Tiene que ser familia? —repitió Clara, como si la pregunta hubiera quedado flotando entre las dos.
Yo miré el papel.
La palabra Nadie seguía ahí, aunque tachada. Era curioso. Una raya negra no la desaparecía. Al contrario: la hacía gritar más fuerte.
—No sé —dije—. Supongo que debe ser alguien responsable.
Clara soltó una risita sin alegría.
—Entonces no cuente conmigo.
Yo la miré.
Ella bajó los ojos hacia sus manos. Traía una uña rota y harina pegada en el dedo gordo.
—Perdón —dijo—. Fue broma mala.
Pero no sonaba a broma.
La enfermera seguía esperando del otro lado del teléfono.
—Doña Amparo, ¿me escucha?
Me llevé el auricular a la oreja.
—Sí, señorita.
—¿Va a dejarlo así? Porque el sistema no acepta “nadie”. Necesitamos un nombre, aunque sea vecino, amistad, alguien de confianza.
Alguien de confianza.
Qué palabra tan grande para una cocina tan chiquita.
Clara no se movió. Tampoco ofreció nada. Eso me gustó. La gente que de veras entiende el dolor no se avienta encima de una con frases bonitas. Se queda cerca, nomás por si una se cae.
—Mañana paso a corregirlo —dije al fin.
Colgué antes de arrepentirme.
Clara respiró despacio.
—No tiene que ponerme a mí —dijo.
—Ni lo había pensado.
Mentí tan mal que las dos volteamos al panqué.
Clara sonrió poquito.
—Está quemado, no envenenado.
Corté dos rebanadas con el cuchillo de sierra que mi madre usaba para el bolillo. No sé por qué lo guardaba todavía. Tal vez porque hay cosas que no sirven para vivir, pero sí para no olvidarse de una misma.
Comimos en silencio.
El panqué estaba feo. Demasiado dulce en medio, amargo de la orilla. Pero me supo a visita.
Cuando Clara se levantó para irse, se detuvo en la puerta.
—Doña Amparo… si algún día necesita algo, toque mi timbre.
Casi le respondo lo de siempre: “Yo me las arreglo sola”.
Pero esa frase ya me quedaba grande, como ropa de otra vida.
—Usted también —dije.
Clara asintió.
—Yo no soy buena pidiendo ayuda.
—Se nota. Agarra mal el desarmador.
Se rió. Esta vez bien.
Esa noche no pude dormir.
El edificio hacía sus ruidos de siempre: tuberías que se quejaban, una moto que pasaba rugiendo, el vecino del tercero arrastrando una silla a medianoche. Pero debajo de todo había otro ruido. Uno nuevo. La posibilidad.
Me levanté a las tres de la mañana y fui por el formulario.
Encendí la luz de la cocina. La sábila del balcón se veía negra detrás del vidrio. Me puse los lentes.
“Persona a quien avisar en caso de emergencia”.
Pasé el dedo por la línea.
Pensé en mi madre.
Murió una tarde de mayo con las manos frías y una mirada de disculpa, como si irse hubiera sido mala educación. Yo tenía treinta y tantos. Ella me pidió que no me quedara sola. Yo le dije que no, que cómo creía, que tenía amigas, trabajo, vecinos, mundo.
El mundo se fue haciendo chiquito sin avisar.
Primero dejé de ir a cumpleaños porque me cansaba. Luego mis amigas se cambiaron de colonia, se enfermaron, se hicieron abuelas, se fueron. Después la mercería cerró, y con ella se cerraron las pláticas de mostrador, los chismes de cierre, los cafecitos de las once. Al principio descansé. Después el descanso se volvió eco.
Agarré el bolígrafo.
Escribí despacio:
Clara Sanchís.
Me quedé mirando el nombre como quien pone una semilla en una maceta sin saber si va a prender.
Luego lo taché.
No porque no quisiera.
Porque me dio vergüenza.
¿Quién era yo para poner a una mujer que apenas conocía en la lista de mis emergencias? ¿Quién era ella para cargar con una vieja necia del segundo piso?
Doblé el papel y lo guardé en el cajón de los trapos.
A la mañana siguiente, a las nueve, tocaron mi puerta.
Era Clara. Tenía el cabello suelto, despeinado, y traía puesta una sudadera gris demasiado grande.
—¿Tiene café? —preguntó.
Me quedé dura.
—¿No tiene usted?
—Sí. Pero no tengo con quién tomarlo.
No me dio tiempo de ponerme la armadura.
Le abrí.
Mientras el agua hervía, Clara miró mis macetas.
—Mi abuela tenía sábilas —dijo—. Decía que eran buenas para todo.
—Para quemadas, para golpes, para espantar envidias, según mi mamá.
—¿Y funciona?
—Para las quemadas, sí.
Se quedó viendo una hoja gruesa que se asomaba torcida.
—Yo creo que también para la tristeza. Se ven tercas.
—La tristeza también.
Clara bajó la mirada a su taza. Yo noté que le temblaban un poquito las manos.
—Ayer no le dije todo —murmuró.
No pregunté. Serví café.
—Me fui de la casa de Daniel porque ya no sabía dónde terminaba él y dónde empezaba yo —dijo—. No me pegaba. Eso es lo peor. Cuando una dice “no me pegaba”, parece que entonces no tiene derecho a llorar. Pero me fue borrando de a poquito. Mis gustos eran ridículos. Mi trabajo, una pérdida de tiempo. Mis amigas, mala influencia. Mi familia, metiche. Yo… yo terminé pidiendo permiso hasta para respirar.
Yo apreté la taza.
—No hace falta que haya moretones para que duela.
Clara me miró, sorprendida.
—¿A usted le pasó?
—No igual.
Mi voz salió ronca.
—Pero conocí a alguien que siempre quería decidir por mí. Se llamaba Raúl. Yo tenía veintinueve. Me decía que una mujer sola se veía sospechosa. Que ya era hora de sentar cabeza. Que él me iba a cuidar.
Clara no interrumpió.
—Un día me encontré practicando frente al espejo cómo pedirle permiso para comprarme unos zapatos con mi propio sueldo. Me dio tanto coraje verme así que al otro día lo dejé.
—¿Y nunca se arrepintió?
Miré hacia la ventana.
—De dejarlo, no. De haber cerrado todas las puertas después, tal vez.
Clara asintió como si entendiera demasiado.
El café se nos enfrió.
Antes de irse, puso sobre la mesa un papelito.
—Mi número —dijo—. No para emergencias. Bueno, sí. Pero también por si se le antoja criticar mi manera de armar muebles.
Lo empujé de regreso.
—No tengo celular de esos modernos.
—¿Tiene de tapita?
—Tengo uno guardado. Lo uso para ver la hora.
—Sirve para llamar.
—Nunca tiene saldo.
—Entonces le pongo.
—No.
Lo dije fuerte.
Clara se quedó quieta.
Sentí la vergüenza subirme por el cuello.
—Perdón. No me gusta deber.
—No es deuda —dijo ella—. Es… no sé. Vecindad.
Vecindad.
Otra palabra rara.
Esa tarde bajé a la clínica con el formulario doblado en cuatro. Caminé más despacio de lo normal. Las rodillas me tronaban, pero no era por eso. Era porque cada paso parecía llevarme a confesar algo.
La enfermera me reconoció.
—Doña Amparo, qué bueno que vino. ¿Ya trae el dato?
Saqué la hoja.
La había corregido en la mañana, después de que Clara se fue.
Nombre: Clara Sanchís.
Teléfono: el del papelito que ella dejó.
Parentesco: Vecina.
La enfermera lo leyó, tecleó y me sonrió sin exagerar.
—Listo.
Así nada más.
Listo.
Yo esperaba sentir vergüenza. O miedo. O ganas de quitarlo.
Pero sentí algo peor: ganas de llorar.
No lloré. Una aprende a guardar agua adentro hasta que se vuelve piedra.
Al salir de la clínica compré dos bolillos y un cuarto de jamón. Luego, no sé qué me pasó, también compré queso, jitomate y un aguacate carísimo que todavía estaba duro. Preparé tortas como si fuera domingo.
Cuando Clara llegó de trabajar, la intercepté en la escalera.
—Hice de más —dije.
Ella miró el plato cubierto con una servilleta.
—¿De más o para mí?
—No empiece.
Subió conmigo.
Comimos viendo la televisión apagada, porque ninguna de las dos quería elegir programa. Me contó que trabajaba haciendo cuentas para una empresa de uniformes, desde casa. Yo le conté de la mercería. De las novias que llegaban buscando encaje, de las señoras que compraban botones para suéteres que jamás reparaban, de los niños que se escondían entre los rollos de tela.
—Usted cuenta bonito —dijo Clara.
—Yo no cuento. Me acuerdo.
—Es casi lo mismo.
Esa noche, cuando se fue, lavé dos platos.
Dos.
Me quedé mirando el escurridor como si hubiera ocurrido un milagro.
Durante las semanas siguientes pasaron cosas pequeñas.
Clara me enseñó a guardar contactos en el celular viejo. Yo le enseñé a coser un dobladillo. Ella me trajo sopa cuando me dio tos. Yo le regué su planta medio muerta hasta que sacó una hojita nueva. Ella me acompañó al mercado. Yo la acompañé a recoger unas cajas que Daniel había dejado en la portería con una nota que decía: “Tus cosas, por fin”.
Clara no abrió las cajas ese día.
Las dejó junto a la pared, como si fueran animales dormidos.
—Mañana —dijo.
Pero mañana se volvió pasado mañana, y pasado mañana se volvió una semana.
Yo no dije nada.
Una tarde la encontré sentada en las escaleras, frente a las cajas, con la mirada perdida.
—¿Pesan? —pregunté.
—No sé qué hay adentro.
—Pues se abren.
—¿Y si hay cosas que extraño?
—Entonces las extraña sentada, con café.
—¿Y si hay cosas que me rompen otra vez?
Me senté junto a ella. Me costó trabajo bajar, y más me iba a costar levantarme, pero lo hice.
—Entonces las rompemos nosotras primero.
Me miró.
—Qué violenta, doña Amparo.
—Práctica.
Abrió la primera caja.
Había libros, una taza azul, fotos enmarcadas, un suéter, recibos, una libreta. Clara tomó una foto donde estaba con Daniel en una playa. Ella sonreía, pero sus hombros se veían tensos.
—Pensé que ahí era feliz —dijo.
—A veces una confunde estar acompañada con estar a salvo.
Clara dejó la foto boca abajo.
En la segunda caja había una vajilla incompleta. Dos platos rotos. Un florero envuelto en periódico. Y al fondo, una carpeta negra.
Cuando la vio, Clara se puso pálida.
—Esa no.
Cerró la caja de golpe.
—Está bien —dije.
Pero ella comenzó a respirar raro.
—No, no está bien. Nada está bien. Me salí y todavía me da miedo una carpeta. Qué ridícula.
—No se hable así.
—Es que me oigo como tonta.
—No se hable como él.
Eso la calló.
Luego lloró.
No como en las películas. Lloró feo, con la cara descompuesta, con mocos, con rabia. Yo no supe abrazarla al principio. Mis brazos se quedaron tiesos, torpes, como muebles mal armados. Pero ella se inclinó hacia mí y entonces hice lo único que pude: le puse una mano en la cabeza.
—Ya —le dije, aunque sabía que nada “ya”.
—Perdón —sollozó.
—No se pide perdón por sacar lo podrido.
Esa noche la carpeta quedó sobre mi mesa.
Clara no quiso abrirla sola.
Dentro había estados de cuenta, copias de identificaciones, papeles de un departamento que nunca estuvo a su nombre, y varias hojas donde Daniel había escrito listas: gastos de Clara, defectos de Clara, errores de Clara.
Me dieron ganas de buscar a ese hombre y darle con la carpeta en la cara.
—Tanto orden para hacer daño —murmuré.
Clara tomó una hoja. Leyó en voz baja:
—“Exagera. Olvida cosas. No sabe estar sola. No puede con responsabilidades.”
Luego se rió. Una risa rota.
—Mire nomás. Yo creyéndole.
Le quité la hoja con cuidado.
—Mañana compramos una bolsa de basura.
—¿Y hoy?
Encendí la hornilla.
—Hoy hacemos té. Y luego quemamos una.
No quemamos todas. Solo una. La que decía “no sabe estar sola”. La llama se comió el papel en el fregadero, despacio, hasta dejarlo negro.
Clara miró las cenizas.
—A lo mejor sí sé —dijo.
—Sí sabe. Pero eso no significa que tenga que hacerlo.
No sé en qué momento Clara dejó de ser “la vecina nueva”.
Tal vez fue cuando empezó a subir sin tocar, solo diciendo “¿se puede?” desde la puerta.
Tal vez cuando yo dejé de guardar las galletas buenas para visitas imaginarias y las saqué un martes cualquiera.
Tal vez cuando ella me empezó a decir “Amparo” a secas, y no me molestó.
O tal vez fue el día del temblor.
No fue fuerte al principio. Apenas un jalón, como si alguien hubiera empujado el edificio con el hombro. Yo estaba en el baño, peinándome, y escuché que los vasos vibraron en la cocina. Luego sonó la alerta en la calle, esa voz metálica que a una le aprieta el alma aunque ya haya pasado media vida.
Quise salir rápido.
Mi pie resbaló con el tapete.
Caí de lado.
El golpe me sacó el aire.
No pude moverme.
La alerta seguía sonando. Arriba alguien gritó. Abajo se azotó una puerta. Yo intenté incorporarme, pero la cadera me respondió con un dolor blanco, filoso.
—No pasa nada —me dije—. Levántate.
Pero no me levanté.
El departamento se movía poquito. O tal vez era mi miedo.
Entonces escuché golpes en la puerta.
—¡Amparo!
Clara.
—¡Amparo, contésteme!
Quise gritar, pero apenas salió un gemido.
La puerta se abrió a los empujones. Yo nunca cerraba con doble llave, por flojera. Ese día la flojera me salvó.
Clara entró corriendo.
—Ay, Dios mío.
Se arrodilló junto a mí.
—No me mueva —dije, porque una también aprende cosas en la vida.
—No la voy a mover. Aquí estoy.
Aquí estoy.
Dos palabras.
No curan huesos. No detienen temblores. No arreglan formularios.
Pero sostienen.
Clara llamó a emergencias. Luego a la clínica. Luego, con una voz que no le tembló, dijo:
—Sí, soy su contacto de emergencia.
La miré desde el piso frío.
Su contacto.
Su.
No lloré cuando me subieron a la ambulancia. Tampoco cuando el doctor dijo que no era fractura, solo un golpe fuerte y reposo. No lloré cuando Clara me ayudó a ponerme la bata del hospital ni cuando discutió con una trabajadora social que insistía en preguntarle si era familiar.
—Soy la persona a quien se le avisa —dijo Clara—. Eso basta.
Lloré hasta la noche, de regreso en mi cama, cuando ella me acomodó una almohada bajo las rodillas y me dejó un vaso de agua en el buró.
—Duérmase —me dijo—. Yo me quedo en la sala.
—No hace falta.
Clara apagó la luz.
—Ya sé que no hace falta. Por eso me quedo.
En la oscuridad, mi departamento ya no sonó vacío.
Sonó habitado.
Pasaron tres días de reposo. Clara subía y bajaba con comida, medicinas, chismes del edificio y regaños. Yo fingía fastidio para no sentirme tan agradecida.
Al cuarto día, llegó una carta.
La metieron por debajo de la puerta.
No traía remitente. Solo mi nombre completo, escrito con una letra que no reconocí y, debajo, una frase:
“Para Amparo Beltrán, si todavía vive aquí.”
Clara la recogió del piso.
—¿La abro?
—No.
Me la dio.
El sobre era amarillo, viejo, como guardado durante años. Sentí un frío lento en la espalda.
Rompí la orilla con cuidado.
Adentro había una fotografía.
Yo, a los treinta. Con vestido azul. Parada afuera de la mercería. A mi lado, mi hermana Elena. Las dos jóvenes, las dos tercas, las dos creyendo que el tiempo era una calle larguísima.
Detrás de la foto había un número telefónico y una línea escrita:
“Perdóname por tardar tanto. Necesito hablar contigo antes de que sea tarde.”
Me quedé sin voz.
Clara se sentó frente a mí.
—¿Quién es?
No contesté enseguida.
Elena.
Mi hermana menor.
La que se fue a Puebla después de la pelea.
La que yo no busqué porque el orgullo me pareció más digno que pedir perdón.
La que, en mi memoria, seguía teniendo cuarenta años aunque ya debía andar cerca de los sesenta.
Apreté la foto.
Durante años pensé que “nadie” era una palabra que me había tocado aceptar.
Pero a veces nadie no es ausencia.
A veces es una puerta que una misma cerró y luego olvidó dónde dejó la llave.
Clara miró el número.
—¿Quiere que llame?
Mi primera respuesta subió sola, vieja, entrenada:
Yo me las arreglo sola.
Pero se atoró antes de salir.
Miré mi sala: el librero que habíamos terminado de armar en su departamento y luego movimos al mío porque “aquí se veía mejor”, la planta de Clara revivida junto a mis sábilas, dos tazas en el fregadero, mi celular cargándose por primera vez en años.
Miré a Clara.
Luego miré la foto de Elena.
—No —dije al fin.
Clara bajó los ojos, como si hubiera entendido.
Entonces estiré la mano y tomé el celular.
—Esta vez llamo yo.
Marqué despacio.
Un número.
Luego otro.
Cada tono sonó como un año cayendo al suelo.
Al cuarto timbrazo, alguien contestó.
Una respiración.
Nada más.
Yo cerré los ojos.
—¿Elena?
Del otro lado hubo un silencio tan largo que pensé que la línea se había cortado.
Luego escuché un sollozo.
Y una voz, más vieja que mi recuerdo, pero igual de mía, dijo:
—Amparito… creí que ya no ibas a querer saber de mí.
No supe qué decir.
Clara me tomó la mano.
