NO TE COMAS EL TAMAL DE MAÑANA. EL GATO SIGUE VIVO.
Me quedé mirando la pantalla hasta que las letras comenzaron a temblar.
Intenté llamar al número, pero la grabación indicó que no existía. Volví a leer el mensaje.
El gato sigue vivo.
Sentí alivio durante apenas un segundo. Después apareció una pregunta mucho peor:
¿Cómo sabía esa persona lo que yo hacía con los tamales?
Me levanté con cuidado para no despertar a Carlos. Él seguía acostado de espaldas, respirando con una tranquilidad que me resultó extraña. Fui a la cocina, abrí el congelador y busqué el tamal que había guardado.
Ya no estaba.
Revisé debajo de las salchichas, detrás de las bolsas de verduras, incluso dentro del cajón del hielo.
Nada.
—¿Buscas esto?
La voz de Carlos sonó detrás de mí.
Me volteé de golpe.
Estaba en la puerta, sosteniendo el tamal congelado dentro de una bolsa transparente.
—¿Por qué lo escondiste? —preguntó.
—¿Por qué estás revisando mis cosas?
—Esta es nuestra casa.
Extendió la mano para entregármelo, pero antes de que pudiera tomarlo, lo dejó caer al bote de basura.
—Ya está viejo. Te puede hacer daño.
—¡Carlos!
—Son casi las dos de la mañana. Estás convirtiendo una tontería en una película de terror.
Sacó la bolsa del bote, hizo un nudo y salió al patio.
Escuché la tapa del contenedor exterior.
Cuando regresó, trató de abrazarme.
Yo retrocedí.
En su muñeca izquierda tenía una mancha amarillenta, parecida a la masa seca de los tamales.
—¿Qué tienes ahí?
Carlos se cubrió la muñeca con la manga.
—Pintura de la oficina.
—Tú no trabajas con pintura.
Su expresión cambió apenas un instante. Fue tan rápido que pude haberlo imaginado.
—Vete a dormir, Ella.
Esa noche no cerré los ojos.
A las seis de la mañana, mientras Carlos se bañaba, salí al patio para recuperar la bolsa. El contenedor estaba vacío.
Alguien se la había llevado.
Llegué temprano a la oficina. La calle seguía acordonada y dos patrullas permanecían frente al camellón. Los agentes habían instalado una carpa blanca sobre la zona excavada.
En la entrada encontré a Lupita.
No llevaba hielera.
Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado toda la noche.
—Hoy no traje desayuno —dijo antes de que yo preguntara.
—Tenemos que hablar.
—Aquí no.
Me tomó del brazo y me llevó al estacionamiento trasero. Miró alrededor varias veces.
—¿Le dijiste a la policía que yo preparaba los tamales?
—Les dije la verdad: que tú me los dabas.
—Yo nunca dije que los preparaba.
—Dijiste que los hacía tu mamá. Ayer dijiste que tu tía.
Lupita apretó los labios.
—Porque eso me dijeron que dijera.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Antes de responder, sacó su celular y me mostró una fotografía.
Era una bolsa de papel sobre el cofre de un auto. Dentro se veían varios tamales envueltos en hojas de maíz. Junto a ellos había un sobre con dinero.
—Todas las mañanas aparecían afuera de mi casa —explicó—. La primera vez pensé que era una equivocación. Luego recibí un mensaje. Me ofrecían dinero por entregártelos.
—¿Y aceptaste?
Bajó la mirada.
—Mi mamá necesita un tratamiento. Yo estaba desesperada. Me dijeron que era una broma para comprobar si confiabas en mí.
—¿Durante treinta días?
—Después de la primera semana quise dejarlo. Entonces me mandaron fotos de mi mamá saliendo de la clínica. Me dijeron que, si no obedecía, ella pagaría las consecuencias.
Sentí rabia, pero también miedo.
—¿Quién te mandaba los mensajes?
—Números distintos. Siempre desaparecían.
—¿Por qué no fuiste con la policía?
—Porque hace tres días me enviaron una foto tuya alimentando al gato. También una de tu esposo entrando a mi edificio.
El ruido de los autos pareció apagarse.
—Carlos nunca ha ido a tu edificio.
—Eso pensé.
Amplió la imagen.
Aunque estaba tomada desde lejos, reconocí su camisa azul, su forma de caminar y el reloj metálico que yo le había regalado.
Carlos había estado ahí.
—¿Cuándo fue esto?
—El viernes pasado, a las once de la noche.
El viernes, Carlos me había dicho que tenía una cena con clientes.
Quise llamar a la policía, pero Lupita me detuvo.
—Hay algo más.
Sacó una llave pequeña de su bolsa.
—Ayer encontré esto pegado debajo de mi escritorio. Venía con una nota: “El archivo de Ella está donde siempre estuvo”.
—¿Qué archivo?
—No sé.
Miré la llave. Tenía grabado el número 314.
En nuestro edificio no existía una oficina 314. Solo había dos pisos.
Entonces recordé los casilleros antiguos del sótano, instalados cuando el inmueble funcionaba como clínica privada.
Bajamos juntas.
El sótano olía a humedad y desinfectante. Algunas lámparas parpadeaban. Al fondo había una fila de casilleros oxidados.
El 314 estaba cerrado.
La llave encajó.
Dentro encontramos una carpeta azul, una memoria USB y una fotografía.
En la foto aparecía yo, mucho más joven, junto a Carlos y otro hombre.
Tardé unos segundos en reconocerlo.
Era Julián, mi hermano.
El mismo que había desaparecido siete años atrás.
La policía cerró su caso diciendo que se había ido por voluntad propia. Nunca encontraron su auto, su teléfono ni movimientos bancarios. Carlos me había sostenido mientras yo lloraba. Me había acompañado a pegar carteles. Me había convencido de aceptar que Julián no deseaba ser encontrado.
Pero en aquella fotografía los tres estábamos frente al edificio de mi oficina.
En la parte posterior había una fecha escrita a mano.
Dos días después de la supuesta desaparición de Julián.
—Eso no puede ser —murmuré.
Lupita conectó la memoria USB a una computadora vieja del archivo. Solo contenía un video.
La imagen era oscura y granulada. Mostraba el estacionamiento subterráneo del edificio durante la madrugada.
Un hombre apareció arrastrando un contenedor grande.
Era Carlos.
Detrás de él caminaba Julián.
Mi hermano estaba vivo en aquel video.
Discutían, aunque no había sonido. Julián señaló el contenedor. Carlos intentó detenerlo. Después apareció una tercera persona.
Lupita se acercó a la pantalla.
—Es don Martín.
El jardinero.
En el video, don Martín ayudaba a Carlos a subir el contenedor a una camioneta. Julián trató de impedirlo. Carlos lo empujó.
La grabación terminaba justo cuando mi hermano caía fuera del encuadre.
Entonces la pantalla se puso negra.
Alguien había desconectado la electricidad del sótano.
Lupita soltó un grito.
En la oscuridad escuchamos pasos.
—Ella —dijo una voz masculina—. Entrégame la memoria.
Era don Martín.
Su voz no sonaba como la de un jardinero asustado. Sonaba firme, autoritaria.
Encendí la linterna del celular. Él estaba a pocos metros, sosteniendo una pala.
—¿Qué enterraron en el camellón? —pregunté.
—Algo que nunca debió salir a la luz.
—¿Mi hermano?
—Julián no está ahí.
—¿Entonces qué encontraron?
Don Martín miró a Lupita.
—Una caja con residuos de un laboratorio clandestino que funcionó en este edificio. Tu hermano descubrió que varias personas estaban enfermando por las filtraciones. Quiso denunciarlo.
—¿Y Carlos?
—Carlos trabajaba para quienes financiaban el laboratorio.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué los tamales?
—Porque necesitaban saber cuánto sabías.
—No entiendo.
—La sustancia no era para matarte. En dosis pequeñas provoca confusión, pérdida de memoria, cansancio. Querían que parecieras inestable si algún día recordabas.
Recordé los olvidos recientes, los dolores de cabeza, las ocasiones en que había perdido las llaves o repetido una misma pregunta. Carlos siempre se reía y decía que yo era demasiado distraída.
Pero yo nunca había comido los tamales.
El gato sí.
—¿Dónde está el gato?
Don Martín bajó la pala.
—Yo lo saqué de aquí cuando comenzó a enfermar. Un veterinario lo tiene escondido. Su sangre es la prueba de lo que contenían los tamales.
—¿Tú enviaste el mensaje?
—Sí.
—¿Y por qué no le dijiste todo a la policía?
—Porque no sé cuántos agentes están comprados.
Un golpe seco resonó arriba.
Después escuchamos la puerta del sótano cerrarse.
Don Martín palideció.
—Ya nos encontraron.
Nos llevó por un pasillo estrecho detrás de los archivos. Mientras avanzábamos, explicó que llevaba años reuniendo pruebas. Había aceptado trabajar como jardinero para vigilar el lugar donde enterraron los desechos. La semana anterior había recibido una amenaza. Alguien removió la tierra, quizá buscando la caja, y dejó las plantas expuestas a los químicos. Cuando su pala golpeó el contenedor, fingió sorpresa para obligar a las autoridades a intervenir públicamente.
—¿Julián sigue vivo? —pregunté.
Don Martín no contestó de inmediato.
—Lo vi hace cuatro meses.
Las piernas casi me fallaron.
—¿Dónde?
—Él me entregó la memoria. Dijo que no podía acercarse a ti porque Carlos te vigilaba.
Llegamos a una puerta metálica que conducía al callejón trasero. Antes de abrirla, don Martín me entregó una tarjeta con una dirección.
—Ve ahí. Encontrarás al gato y a alguien que lleva años esperando verte.
—¿Julián?
Un disparo retumbó detrás de nosotros.
La pala cayó al suelo.
Lupita gritó.
Don Martín se llevó una mano al hombro. La sangre comenzó a manchar su camisa.
Al fondo del pasillo apareció Carlos.
Sostenía una pistola.
—Ella, ven conmigo —ordenó—. No tienes idea de lo que estás haciendo.
Me puse delante de Lupita.
—¿Intentaste envenenarme?
—Intenté protegerte.
—¿Protegérmelo de qué?
—De tu hermano. Julián no es la víctima que imaginas.
Don Martín, apoyado contra la pared, soltó una risa amarga.
—No le creas.
Carlos dio otro paso.
—Julián creó la fórmula. Cuando las cosas salieron mal, robó dinero y nos culpó a todos. Los tamales no tenían nada peligroso. Martín los contaminó para incriminarme.
—Entonces, ¿por qué desapareciste el que guardé en el congelador?
Carlos se quedó callado.
Ese silencio fue su confesión.
Abrí la puerta metálica y empujé a Lupita hacia el callejón. Carlos levantó el arma, pero don Martín se abalanzó sobre él. Escuchamos un forcejeo y otro disparo.
No miramos atrás.
Corrimos hasta la avenida. Una patrulla se acercaba, pero recordé la advertencia de don Martín y no me atreví a detenerla. Subimos al primer taxi que encontramos.
Le di al conductor la dirección de la tarjeta.
Era una veterinaria pequeña en una colonia al otro lado de la ciudad. La cortina estaba abajo, pero una luz se filtraba desde el interior.
Golpeé tres veces.
Una mujer mayor abrió apenas.
—¿Quién eres?
—Me llamo Ella. Busco a un gato callejero.
La mujer abrió por completo.
El gato estaba sobre una manta, más delgado que antes, con una venda en una pata. Al verme levantó la cabeza y maulló débilmente.
Me arrodillé junto a él.
—Perdóname —susurré—. Yo no sabía.
La veterinaria cerró la puerta y puso varios seguros.
—Llegaste antes de lo que esperábamos.
—¿Dónde está mi hermano?
La mujer señaló una cortina al fondo.
Detrás se escuchó el ruido de una silla.
Un hombre salió lentamente.
Tenía barba, una cicatriz en la frente y el cabello lleno de canas, pero reconocí sus ojos.
—Julián…
Mi hermano comenzó a llorar.
Yo también.
Di un paso hacia él, pero antes de abrazarnos, Lupita soltó un grito.
En la televisión de la veterinaria aparecía una noticia de última hora.
La reportera estaba frente a nuestro edificio.
“Las autoridades confirmaron el hallazgo de restos humanos bajo el camellón. De manera preliminar, la víctima ha sido identificada como Julián Mendoza, desaparecido hace siete años”.
Miré a la pantalla.
Luego miré al hombre que tenía enfrente.
Él dejó de llorar.
La veterinaria apagó el televisor.
—Ella —dijo el desconocido con la voz de mi hermano—, antes de que preguntes quién está enterrado ahí, necesito que recuerdes algo.
Sacó del bolsillo una fotografía idéntica a la del casillero.
Solo que en esta versión aparecía una cuarta persona junto a nosotros.
Era una mujer con mi mismo rostro.
—Tú nunca fuiste hija única —continuó—. Y la mujer que murió bajo ese camellón llevaba siete años usando tu nombre.
Entonces alguien golpeó la cortina metálica desde afuera.
Tres golpes lentos.
Una pausa.
Y otros tres.
El gato se arqueó, erizó el lomo y comenzó a gruñir hacia la puerta.
Mi celular vibró.
Había llegado un mensaje desde el número de Carlos:
“NO CONFÍES EN EL HOMBRE QUE DICE SER TU HERMANO. JULIÁN MURIÓ ESTA NOCHE.”
Antes de que pudiera mostrarlo, la voz de don Martín sonó al otro lado de la cortina:
—¡Ella, abre! ¡El hombre que está contigo fue quien preparó los tamales!

