Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
“Esta vez no voy a esperar a que nazca”.
Las palabras de Gerardo quedaron suspendidas en la cocina como una sombra viva.
Mi primera reacción fue correr.
Tomar mis llaves, llamar a la policía, despertar a medio vecindario.
Pero algo me detuvo.
Quizá el miedo.
Quizá la necesidad de saber la verdad completa.
Porque después de dos bebés desaparecidas, después de años de dudas y silencios, ya no podía seguir viviendo entre sospechas.
Gerardo abrió el periódico con cuidado.
Yo me asomé apenas lo suficiente para mirar.
Dentro no había carne.
No había nada que pareciera peligroso.
Solo una caja vieja de madera.
Pequeña.
Oscura.
Con símbolos extraños grabados en la tapa.
Gerardo la observó durante varios segundos.
Luego apoyó ambas manos sobre ella.
—Ya hice todo lo que me pidieron —susurró—. Cumplí mi parte.
Sentí un escalofrío.
¿Con quién estaba hablando?
Porque estaba solo.
O eso parecía.
La luz de la cocina comenzó a parpadear.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y entonces escuché una voz.
No venía de Gerardo.
No venía de ninguna persona.
Parecía salir de todas partes.
Un murmullo grave.
Lejano.
Como si alguien hablara desde el fondo de un pozo.
No entendí las palabras.
Pero sí entendí algo peor.
Gerardo estaba respondiendo.
Como si mantuviera una conversación.
Como si aquello fuera normal.
Retrocedí lentamente.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que él podría escucharlo.
Subí las escaleras.
Entré a la habitación.
Cerré la puerta.
Y llamé a mi hermana.
Contestó al tercer tono.
—¿Miriam?
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
Miré mi vientre.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Creo que Gerardo sabe qué pasó con mis hijas.
Hubo un silencio largo.
Luego dijo algo que me dejó helada.
—Yo también lo creo.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Hace meses quería decírtelo.
—¿Decirme qué?
—Después de que desapareció Lucía, contraté a un investigador.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Y?
—Encontró algo raro.
—Dime.
— Gerardo nunca existió antes de hace ocho años.
La habitación comenzó a dar vueltas.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no hay registros de él. Nada. Ni escuela. Ni universidad. Ni infancia. Ni familia real.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—Entonces, ¿quién es?
—Eso fue lo que nunca pudimos descubrir.
Escuché pasos en la planta baja.
Gerardo seguía moviéndose.
Mi hermana continuó hablando.
—Miriam, sal de esa casa.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sin saber qué pasó con Abril y Lucía.
La llamada terminó cuando escuché que alguien se detenía frente a mi puerta.
Contuve la respiración.
Silencio.
Luego tres golpes suaves.
Toc.
Toc.
Toc.
—¿Miriam?
Era Gerardo.
Su voz sonaba tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Sí?
—¿Estás despierta?
—No puedo dormir.
—Yo tampoco.
Esperé.
—¿Pasa algo?
—No.
Otro silencio.
—Te amo —dijo finalmente.
Y se alejó.
No dormí el resto de la noche.
A las seis de la mañana salí de la casa.
Le dije que tenía una cita médica.
Él sonrió.
Me besó la frente.
Y me dejó ir.
Fui directamente a casa de mi hermana.
Allí revisamos las grabaciones de las cámaras.
Primero las antiguas.
Las que había instalado durante las últimas semanas.
Horas y horas de video.
Nada extraño.
Nada sospechoso.
Hasta las tres de la mañana del domingo anterior.
La imagen mostró la habitación del bebé vacía.
La cuna preparada.
Los juguetes.
La ventana cerrada.
Entonces ocurrió algo.
Algo imposible.
Una sombra apareció junto a la cuna.
No entró por ninguna puerta.
No atravesó ninguna ventana.
Simplemente apareció.
Oscura.
Alta.
Humana.
Pero deformada.
Como una silueta hecha de humo.
Mi hermana dejó escapar un grito.
Yo no podía moverme.
La figura permaneció inmóvil durante varios segundos.
Luego desapareció.
La grabación terminó.
—¿Qué demonios es eso? —susurró ella.
Yo recordé la voz de la cocina.
La caja.
Los símbolos.
Y por primera vez comprendí algo.
Gerardo no estaba actuando solo.
Aquello era mucho peor.
Esa misma tarde regresé a la casa.
Fingiendo normalidad.
Fingiendo confianza.
Fingiendo ignorancia.
Gerardo cocinaba.
Bueno.
No exactamente.
Tenía un trozo de carne apenas calentándose sobre la sartén.
Cuando me vio entrar sonrió.
—¿Cómo salió todo?
—Bien.
—¿El bebé está sano?
—Sí.
Sus ojos brillaron.
De una forma extraña.
Como si aquella noticia significara algo más.
Durante la cena lo observé.
Cada movimiento.
Cada gesto.
Cada palabra.
Y entonces noté algo que jamás había visto.
Llevaba una cadena bajo la camisa.
Una cadena vieja.
Con el mismo símbolo que estaba grabado en la caja.
Esperé hasta que se durmiera.
Y esa noche volví a seguirlo.
Pero esta vez no fue a la cocina.
Salió de la casa.
Caminó hacia el bosque que estaba detrás de la colonia.
Lo seguí a distancia.
Las ramas crujían bajo mis zapatos.
El viento era frío.
El cielo estaba completamente negro.
Después de veinte minutos llegamos a un claro.
Y allí vi algo que jamás olvidaré.
Había personas.
Al menos diez.
De pie.
En silencio.
Formando un círculo.
Todos llevaban la misma cadena.
Todos observaban el centro.
Gerardo ocupó su lugar entre ellos.
Entonces una mujer anciana dio un paso adelante.
—La tercera está cerca.
Los demás asintieron.
Sentí un nudo en el estómago.
—El acuerdo debe cumplirse —continuó ella.
—Se cumplirá —respondió Gerardo.
—Las primeras dos fueron aceptadas.
Las primeras dos.
Abril.
Lucía.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
Tuve que cubrirme la boca para no gritar.
La anciana levantó la vista hacia el cielo.
—Cuando nazca la tercera, la puerta quedará abierta.
El grupo comenzó a murmurar.
Palabras incomprensibles.
Extrañas.
Antiguas.
Y de repente una rama se rompió bajo mi pie.
Todos giraron al mismo tiempo.
Hacia mí.
Corrí.
Nunca había corrido tan rápido.
Escuchaba pasos detrás.
Gritos.
Voces.
Atravesé el bosque.
Llegué a la carretera.
Entré al auto.
Y aceleré.
No miré atrás.
No me detuve.
No respiré.
Conduje directamente hasta la comisaría.
Pero cuando intenté explicar lo ocurrido, nadie me creyó.
Una secta.
Una sombra.
Un acuerdo.
Dos bebés desaparecidas.
Sonaba absurdo.
Incluso para mí.
Salí peor de lo que entré.
Y cuando regresé a casa, Gerardo ya estaba allí.
Esperándome.
Sentado en la sala.
Como si nunca hubiera salido.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—Con mi hermana.
—Mentira.
Mi sangre se congeló.
Gerardo se puso de pie.
Por primera vez desde que lo conocía, no sonreía.
—Me seguiste.
No respondí.
—Viste demasiado.
Retrocedí.
Él avanzó.
—¿Qué pasó con mis hijas? —grité.
Sus ojos cambiaron.
Por un segundo.
Solo un segundo.
Pero cambiaron.
Como si hubiera algo escondido detrás de ellos.
Algo viejo.
Algo que no pertenecía a este mundo.
—No murieron —dijo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—Están vivas.
—¿Dónde?
—No puedo explicarlo.
—¡Dime dónde están!
—En un lugar al que no puedes llegar.
Las lágrimas corrían por mis mejillas.
—Eran bebés.
—Lo sé.
—Eran nuestras hijas.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Gerardo cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, parecía cansado.
Terriblemente cansado.
—Porque hace muchos años hice un trato.
—¿Con quién?
No respondió.
—¿Con quién?
—Con algo que nunca debí encontrar.
La habitación quedó en silencio.
—Si rompía el acuerdo, tú morirías.
Mi respiración se cortó.
—¿Qué?
—Te conocí mucho después.
—Eso no tiene sentido.
—Cuando te conocí intenté escapar.
—¿Escapar de qué?
—De ellos.
Por primera vez vi miedo en su rostro.
Miedo verdadero.
—No me dejaron.
Miré hacia la puerta.
Necesitaba salir.
Necesitaba huir.
Pero una contracción atravesó mi cuerpo.
Brutal.
Repentina.
Caí de rodillas.
Gerardo corrió hacia mí.
—No.
Otra contracción.
Más fuerte.
—No puede ser ahora —susurró.
—Gerardo…
—Todavía no.
El dolor aumentó.
Y entonces sentí algo peor.
No era solo el parto.
Era una sensación extraña.
Como si alguien estuviera observándome.
Desde muy cerca.
Aunque no hubiera nadie.
Las luces comenzaron a parpadear.
Otra vez.
Exactamente igual que en la cocina.
Gerardo palideció.
—Ya vienen.
—¿Quiénes?
No respondió.
El aire de la casa se volvió frío.
Demasiado frío.
Las ventanas vibraron.
Las paredes crujieron.
Y desde el pasillo llegó una voz.
La misma voz imposible.
Profunda.
Lejana.
Antigua.
—La tercera.
Gerardo me tomó la mano.
—Escúchame.
—¿Qué está pasando?
—Cuando nazca, no permitas que se la lleven.
—¿Quién?
—Nadie.
—Gerardo…
—Prométemelo.
Otra contracción me arrancó un grito.
Y entonces alguien golpeó la puerta principal.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
No como una persona.
Como algo reclamando entrar.
Gerardo miró hacia la entrada.
Después hacia mí.
Y por primera vez comprendí que estaba aterrado.
De verdad.
Más que yo.
Mucho más.
El golpe volvió a escucharse.
Más fuerte.
La madera se agrietó.
Y mientras el dolor del parto comenzaba a consumirlo todo, vi a Gerardo tomar la vieja caja de madera y correr hacia la puerta.
No supe si intentaba abrirla.
O mantenerla cerrada.
Lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue su voz gritando mi nombre.
Y detrás de ella, muy lejos, o quizá muy cerca, el llanto de una niña.
Una niña que sonaba exactamente igual que Abril.
O tal vez igual que Lucía.
O tal vez igual que la bebé que todavía no había nacido.

