Porque el nombre que salió de los labios de Mateo fue uno que jamás imaginé escuchar.
—Tío Ricardo.
El silencio cayó sobre la habitación como una losa.
Ricardo era el hermano menor de Javier.
El hombre que había estado con nosotros desde el primer día de la búsqueda.
El que pegó carteles.
El que repartió fotografías.
El que abrazó a Javier cuando lloró por primera vez.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—No… —susurró Javier—. No. Estás confundido.
Mateo negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas hundidas.
—Lo escuché muchas veces.
Las sirenas sonaban cada vez más cerca.
Abajo se oían gritos.
Puertas abriéndose.
Pasos apresurados.
Pero en aquella habitación solo existíamos nosotros y aquella verdad imposible.
—¿Qué escuchaste? —pregunté con la voz rota.
Mateo tragó saliva.
—El señor Ignacio siempre hablaba por teléfono con él.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mi hijo cerró los ojos.
—Le decía Ricardo.
Javier tomó el celular otra vez.
Revisó los mensajes.
Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el aparato.
Había decenas de conversaciones eliminadas parcialmente.
Sin embargo, algunos textos seguían visibles.
Órdenes.
Fechas.
Pagos.
Instrucciones.
Todo apuntaba a una misma persona.
La policía irrumpió segundos después.
Sacaron a Don Ignacio de una habitación trasera.
Doña Elvira fue esposada en la cocina.
Los agentes comenzaron a registrar la casa.
Un oficial nos llevó afuera.
Yo no soltaba la mano de Mateo.
Temía que desapareciera otra vez si dejaba de tocarlo.
Lucía corrió hacia nosotros.
Lo abrazó tan fuerte que ambos terminaron llorando.
Aquella imagen debería haber sido el final de nuestra pesadilla.
Pero apenas era el comienzo.
Tres horas después estábamos en la comisaría.
Mateo recibió atención médica.
Los médicos dijeron que estaba desnutrido, pero estable.
No había sufrido lesiones graves.
Eso era un milagro.
Sin embargo, las declaraciones de Don Ignacio y Doña Elvira complicaron todo.
Los ancianos admitieron haber ocultado al niño.
Pero insistían en algo extraño.
No sabían quién era Ricardo.
Nunca habían escuchado ese nombre.
Según ellos, quien les pagaba utilizaba otra identidad.
Siempre llevaba gorra.
Siempre usaba lentes oscuros.
Siempre llamaba desde teléfonos distintos.
Y jamás mostraba su rostro completo.
Javier salió furioso de la sala de interrogatorios.
—Están mintiendo.
Pero no parecía convencido.
Yo tampoco.
Porque algo no encajaba.
Si Ricardo estaba involucrado, ¿por qué seguir apareciendo en nuestra casa?
¿Por qué ayudarnos durante semanas?
¿Por qué arriesgarse tanto?
Esa noche regresamos al hogar.
Por primera vez en un mes.
Con Mateo.
Los cuatro juntos.
Y aun así nadie pudo dormir.
A las dos de la madrugada escuché un ruido.
Un golpe suave.
Como una canica rodando por el piso.
Abrí los ojos.
La casa estaba oscura.
Silenciosa.
Me incorporé lentamente.
Otro ruido.
Esta vez provenía de la habitación de Lucía.
Caminé por el pasillo.
Empujé la puerta.
Mi hija dormía profundamente.
Pero algo llamó mi atención.
La ventana estaba abierta.
El viento movía las cortinas.
Y sobre el escritorio había un dibujo.
Uno que no estaba allí antes.
Lo reconocí de inmediato.
Era la casa amarilla.
Pero no estaba sola.
Había otra casa dibujada detrás.
Una construcción grande.
Negra.
Sin ventanas.
Sin puertas.
Solo una enorme sombra.
Sentí un escalofrío.
Tomé el papel.
En la parte inferior aparecía una frase escrita con lápiz infantil.
“Todavía falta uno.”
Corrí al dormitorio.
Desperté a Javier.
Despertamos a Mateo.
Ninguno sabía nada del dibujo.
Y Lucía juró que no lo había hecho.
Los días siguientes fueron extraños.
Demasiado extraños.
La noticia se volvió viral.
Periodistas.
Entrevistas.
Vecinos.
Policías entrando y saliendo.
Todo el mundo hablaba del milagroso rescate.
Pero nadie encontraba a Ricardo.
Su teléfono estaba apagado.
Su departamento vacío.
Su camioneta abandonada en una carretera.
Simplemente desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
Entonces comenzaron las pesadillas de Mateo.
Todas iguales.
Despertaba gritando.
Empapado en sudor.
Temblando.
Una madrugada finalmente decidió contarnos.
—Había otro niño.
Javier y yo nos miramos.
—¿Otro niño? —pregunté.
Mateo asintió.
—Al principio estaba conmigo.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Nunca dijo su nombre.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Qué pasó con él?
Mateo bajó la mirada.
—Se lo llevaron.
—¿Quién?
—El hombre.
La habitación quedó en silencio.
—¿Ricardo?
Mi hijo negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿quién?
Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
—No sé.
Nunca le vi la cara.
Pero todos le tenían miedo.
Incluso Don Ignacio.
Incluso Doña Elvira.
Todos.
La policía revisó nuevamente la casa amarilla.
Encontraron algo oculto detrás de una pared falsa del sótano.
Una habitación diminuta.
Vacía.
Con una sola excepción.
Una fotografía.
En ella aparecían cuatro niños.
La imagen era antigua.
Quizá de diez años atrás.
Tres de los rostros fueron identificados rápidamente.
Los tres habían desaparecido en distintos estados del país.
Nunca fueron encontrados.
El cuarto rostro estaba tachado con tinta negra.
Y detrás de la fotografía había una fecha escrita.
Una fecha que hizo palidecer a los investigadores.
Porque correspondía exactamente al día en que desapareció aquel otro niño que Mateo recordaba.
Las semanas pasaron.
La búsqueda continuó.
Pero Ricardo seguía sin aparecer.
Hasta que una tarde ocurrió algo imposible.
Lucía estaba jugando en la sala cuando dejó caer sus bloques.
Miró hacia la ventana.
Y sonrió.
La sangre se me congeló.
Porque reconocí aquella expresión.
Era la misma que tuvo cuando dijo haber visto a Mateo.
Corrí hacia ella.
—¿Qué pasa?
Mi hija señaló la calle.
—El señor volvió.
—¿Qué señor?
—El que se llevó a Mateo.
Sentí que las piernas me fallaban.
Miré por la ventana.
No había nadie.
Solo una camioneta blanca estacionada al final de la cuadra.
—¿Dónde?
—Allá.
Tomé el teléfono.
Pensé en llamar a la policía.
Pero entonces Lucía añadió algo que me dejó sin aliento.
—Dice que ahora sabe que Mateo habló.
Un frío insoportable recorrió mi cuerpo.
—¿Quién te dijo eso?
Ella señaló nuevamente la calle.
—Él.
Corrí hacia la puerta.
Abrí.
La camioneta arrancó de inmediato.
Las llantas chirriaron.
Desapareció en la esquina.
Demasiado rápido.
Como si hubiera estado esperando.
Como si hubiera sabido exactamente cuándo miraríamos.
Esa noche encontré algo bajo el felpudo de la entrada.
Un sobre.
Sin remitente.
Sin sello.
Solo mi nombre escrito a mano.
Lo abrí con las manos temblorosas.
Dentro había una única fotografía.
La imagen mostraba una construcción abandonada.
Oscura.
Aislada.
Reconocí el lugar al instante.
Era exactamente la misma casa negra que aparecía en el dibujo de Lucía.
En la parte posterior había una frase escrita con tinta roja.
“Si quieren conocer la verdad, vengan solos.”
Y debajo, una coordenada.
Nada más.
Ni firma.
Ni explicación.
Javier leyó el mensaje varias veces.
Luego levantó la vista.
Su rostro había perdido todo color.
—Conozco este lugar.
—¿Dónde está?
Tardó varios segundos en responder.
—Es una propiedad que pertenecía a mi padre.
Sentí que el corazón dejaba de latir.
—¿Qué?
Javier cerró los ojos.
—Nadie ha ido allí en años.
Nos quedamos inmóviles.
Porque de repente todo adquiría un significado aterrador.
La casa amarilla.
Ricardo.
Los mensajes.
El otro niño.
La propiedad familiar.
Y entonces Mateo, que había permanecido callado todo ese tiempo, observó la fotografía y susurró con voz quebrada:
—No vayan de noche.
—¿Por qué? —pregunté.
Mi hijo comenzó a llorar.
—Porque ahí fue donde escuché las voces detrás de las paredes.
Y porque el hombre sin cara todavía vive allí.

