—Sí —respondió ella—. Y hoy no fue a trabajar.
Del otro lado de la llamada hubo silencio unos segundos.
Luego Renato habló otra vez.
—Entonces ya no tenemos mucho tiempo.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
No podía moverme.
No podía respirar.
No podía aceptar lo que estaba escuchando.
Porque conocía esa voz.
Cada pausa.
Cada inflexión.
Cada forma de pronunciar mi nombre.
Era Renato.
No alguien parecido.
No una grabación.
Renato.
La mujer caminó hasta la ventana y corrió apenas una cortina.
—Tu madre también la está poniendo nerviosa.
Mi corazón dio un salto.
¿Su madre?
¿Doña Ivonne sabía?
La respuesta llegó inmediatamente.
—Lo sé —dijo Renato—. Pero ella hizo exactamente lo que le pedí.
Sentí una náusea subir por mi garganta.
Mi suegra.
Las visitas.
Las advertencias.
Los comentarios extraños.
Todo había sido parte de algo.
Algo enorme.
Algo que yo todavía no entendía.
—¿Y si Helena descubre la verdad? —preguntó la mujer.
Hubo una pausa.
Larga.
Incómoda.
Después escuché algo que me rompió por dentro.
—Nunca debió quedarse en esa casa.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
No por amor.
No por tristeza.
Por rabia.
Porque durante dos años había llorado a un hombre que seguía respirando.
Mientras él hablaba de mí como si fuera un problema administrativo.
—La escritura sigue a su nombre —continuó la mujer.
Escritura.
Aquella palabra me atravesó.
La casa.
Todo giraba alrededor de la casa.
Pero antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, escuché otro ruido.
Una puerta.
La puerta principal.
Alguien más acababa de entrar.
La mujer sonrió.
—Ya llegó.
Pasos.
Lentos.
Seguros.
Y entonces vi algo que me hizo dejar de respirar.
Doña Ivonne apareció en la habitación.
Mi suegra.
Llevaba una carpeta azul bajo el brazo.
Y una llave colgando del cuello.
La llave de mi casa.
—¿Dónde está? —preguntó.
La mujer señaló el escritorio.
—Todavía en el cajón.
Mi suegra suspiró.
—Perfecto.
Abrí los ojos.
¿Qué estaban buscando?
Las dos comenzaron a revisar documentos.
Papeles.
Facturas.
Carpetas.
Como si hubieran hecho aquello muchas veces antes.
Y probablemente era verdad.
Porque mientras yo trabajaba.
Mientras yo lloraba.
Mientras yo visitaba una tumba vacía.
Ellas entraban a mi casa.
Una y otra vez.
Durante dos años.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo.
Un mensaje.
Sentí que el corazón se detenía.
Por suerte estaba en silencio.
Pero el pequeño movimiento fue suficiente.
Escuché un ruido.
Muy leve.
La mujer se giró.
Directamente hacia el clóset.
Mi sangre se congeló.
—¿Escuchaste eso?
Doña Ivonne levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—No sé.
Se acercó.
Un paso.
Luego otro.
Yo apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
La puerta del clóset estaba a menos de dos metros de ella.
Un metro.
Medio metro.
Y entonces sonó el celular de la mujer.
Ella se detuvo.
Maldecía internamente a quien fuera que estuviera llamando.
Contestó.
—¿Sí?
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué?
Escuchó unos segundos.
Después miró a doña Ivonne.
—Tenemos un problema.
Las dos salieron de la habitación.
Yo permanecí inmóvil.
Temblando.
Empapada en sudor.
Esperé.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Hasta que escuché la puerta principal cerrarse.
Solo entonces salí.
Las piernas casi no me sostenían.
Corrí hacia la ventana.
Vi el auto de mi suegra alejándose.
Y comprendí algo.
No estaba loca.
No estaba imaginando cosas.
Renato estaba vivo.
Y varias personas lo sabían.
Lo primero que hice fue revisar el escritorio.
El cajón.
El mismo que habían mencionado.
Dentro encontré documentos antiguos.
Estados de cuenta.
Papeles del seguro.
Y una carpeta que jamás había visto.
Negra.
Sin etiquetas.
La abrí.
Y sentí que el mundo se inclinaba.
Dentro había fotografías.
Muchas.
Todas mías.
Yo entrando al trabajo.
Yo comprando café.
Yo visitando el cementerio.
Yo caminando con amigas.
Fotografías tomadas durante los últimos dos años.
Me estaban vigilando.
Las manos comenzaron a temblarme.
Pero aquello no era lo peor.
Al fondo de la carpeta encontré un expediente.
Con mi nombre completo.
Y una hoja marcada con resaltador amarillo.
Leí la primera línea.
Y sentí que el corazón se detenía.
“Beneficiaria única.”
Volví a leer.
Luego otra vez.
Beneficiaria única.
Del seguro de vida de Renato.
Tres millones ochocientos mil pesos.
Fecha de pago:
Dos años atrás.
El día después del supuesto accidente.
Me quedé inmóvil.
Porque jamás había recibido ese dinero.
Jamás.
Aquella noche no dormí.
Revisé cada documento.
Cada fotografía.
Cada recibo.
Y a las cuatro de la mañana encontré algo más.
Una transferencia.
Una enorme transferencia.
Los fondos del seguro.
Pero el dinero no había llegado a mí.
Había sido enviado a una empresa.
Una empresa llamada Grupo Horizonte.
Nunca había escuchado ese nombre.
Hasta que vi la firma autorizando el movimiento.
Y el mundo volvió a romperse.
Porque la firma era de Renato.
Firmada una semana después de su supuesta muerte.
A la mañana siguiente fui al registro público.
Luego al banco.
Después a la aseguradora.
Y cada lugar confirmó una parte de la pesadilla.
Renato no estaba muerto.
Al menos legalmente no del todo.
Alguien había manipulado documentos.
Actas.
Transferencias.
Firmas.
Y había desaparecido millones de pesos.
Pero lo más extraño ocurrió al salir de la aseguradora.
Porque encontré una nota bajo el limpiaparabrisas de mi coche.
Solo una hoja.
Sin nombre.
Sin sobre.
Sin explicación.
La abrí.
Y reconocí inmediatamente la letra.
Era la de Renato.
“Deja de buscar.”
Sentí un escalofrío.
Debajo había una segunda línea.
Mucho peor.
“Si descubres quién iba realmente dentro del coche, desearás que yo hubiera muerto.”
Las manos comenzaron a temblarme.
Porque durante dos años había estado preguntándome dónde estaba Renato.
Pero aquella nota me obligó a hacer una pregunta mucho más aterradora.
Si Renato no murió en aquel accidente…
¿Quién fue enterrado en su lugar?
Y justo cuando levanté la vista del papel, vi al otro lado del estacionamiento a un hombre observándome.
Un hombre con gorra negra.
Gafas oscuras.
Y la misma cicatriz que Renato tenía sobre la ceja izquierda desde que se cayó de una bicicleta a los diecisiete años.
Solo que esta vez, cuando nuestras miradas se cruzaron, no intentó esconderse.
Sonrió.
Y se alejó caminando como si quisiera que lo siguiera.

